El verano tiene su propia hora
Hay algo que no termino de entender del todo y que cada año me recuerda que el verano funciona con otro reloj. En septiembre te das cuenta de que has vivido algo que el resto del año no existe: una forma distinta de medir las horas.
Porque si me preguntas a qué hora me he levantado este verano, te diré que a las siete. A las siete de la mañana. Con los ojos como platos. Con un beso en la mejilla. Con un “mamá, ya es de día“ en tono de descubrimiento, como si mi peque acabara de inventar el amanecer.
Y yo, que trabajo todo el año con el mismo horario, en verano pensaba que podría dormir un poco más — sin cole por la mañana, vacaciones, fines de semana largos — y me convierto en madrugadora profesional sin quererlo. Sin mérito. Solo por la gracia de un beso a las siete.
Lo que se va
El verano se lleva la sensación de tener tiempo. Se lleva las ganas de empezar proyectos nuevos. Se lleva el permiso de decir “mañana lo hago“.
Se lleva los horarios. Se lleva la agenda ordenada. Se lleva el poder de decir “mañana“ sin que mañana signifique exactamente lo mismo.
Y también se lleva los años. Eso es lo curioso del verano con peques: cada verano se lleva un poco más de la cuenta. El primer verano con un bebé es un mundo. El segundo es otro. El tercero ya no sé ni cuál es. Y aquí estamos, a las puertas de septiembre otra vez, con un niño que sabe lo que es una sandía y dice “no“ con la misma rotundidad que un notario.
Lo que vuelve
Pero el verano también devuelve algo. Devuelve la sensación de que un día puede ser un día entero, sin la obligación de que rinda. Devuelve el permiso de mirar por la ventana.
Pero te deja tiempo de playa, de sol y de juegos, de risas fuertes y de abrazos infinitos.
Devuelve el descubrimiento de que tu hijo prefiere el hielo en el vaso al vaso entero.
Y devuelve una versión de ti que el resto del año no se permite. Una versión más lenta. Más dada. Menos eficiente, pero más presente.
Y eso, con el tiempo, es lo que más cuenta.
Lo que te llevas
El verano, al final, es eso: lo que se va y lo que vuelve. Lo que te quita y lo que te deja. Las horas robadas, los besos inesperados, el cansancio de no dormir, la risa por cosas que en enero no tienen gracia.
Te llevas septiembre a cuestas. Te llevas una memoria del verano que no se va a repetir igual. Y te llevas algo que no se compra: el lujo de haber estado.
Mañana empieza lo otro. Pero el verano, mientras tanto, sigue aquí un ratito más.


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