También yo pensaba que exageraba cuando llegué a Galicia por primera vez. Pero es que en agosto, frío en el rostro, es literal. Te lo encuentras de frente. Te lo lleva el viento del Atlántico, que no entiende de calendarios ni de ganas. Y eso que en agosto, frío en el rostro es ley.
En agosto, frío en el rostro: el parque acuático
La semana pasada fuimos al parque acuático. Toda la familia. Habíamos viajado unos días, aquí en Galicia, y hacía un frío considerable. No nos cambiaban las entradas, así que tocó quedarse.
Lo que lo dice todo es que entramos al parque con paraguas. Con paraguas. En un parque acuático. En agosto. El parking medio vacío. El agua calentita por un lado, el aire de nevera por el otro. (¿En agosto, frio en el rostro? Eso era un congelador)
Yo llevaba una sudadera de manga larga. El peque, en cambio, llevaba su bañador. Y tirándose al agua. Y tirándose otra vez. Y otra. Con los labios azules. Con los dientes casi castañeteando. Pero tirándose. Una y otra vez. Sin pensarlo. Sin negociar con el frío.
Lo de pasar frío en pleno agosto en un parque acuático solo puede ocurrir aquí. Si le cuentas eso a alguien que no haya pisado Galicia en verano, te mira raro.
La toalla como manta
La primera vez que fui a la playa en Galicia, pensé que era cosa mía. Que no estaba habituada. Que acababa de llegar de Cuevas del Almanzora, en Almería, donde en agosto el suelo te quema los pies y el aire te pega la ropa al cuerpo. Pensé: «dame un año y me acostumbro».
Me acostumbré, sí, pero a un agosto distinto. A un agosto que no avisa. A un agosto que te lleva a sacar la toalla de la mochila y usarla de manta en pleno julio. Con el bañador puesto y la toalla sobre los hombros. Como si estuviera en el sofá de casa.
Aquí, en agosto, frío en el rostro. Y uno aprende, a base de años y de toallas, que el calendario español aquí sirve de orientación, no de pronóstico. En agosto, frío en el rostro, la toalla hace de manta y el bañador pide compañía. Que el bañador es necesario, pero la chaqueta también.
Labios azules y «no tengo frío»
Mi peque ese día, en el parque acuático, hizo algo que yo no habría hecho ni de broma. Salir del agua, tiritar, y volverse a tirar. Con los labios azules. Con la piel de gallina. Con ese orgullo absurdo de los niños que se niegan a admitir el frío porque admitirlo sería rendirse.
«No tengo frío, mamá. No tengo frío». Eso decía mientras los dientes le temblaban y los labios se le ponían del color de una fresa congelada. Y yo ahí, con mi sudadera de manga larga, mirándolo, sin saber si reírme o llevarlo a casa a la fuerza. Lo abrazaba para que entrase en calor entre una aventura y otra.
No sé de dónde saca esa valentía. Yo a su edad, en Cuevas del Almanzora, no habría entendido qué era tener frío en agosto.
Echo de menos mis playas
En agosto, frío en el rostro. Lo digo cada verano. Lo escribo cada agosto. Desde que estoy en Galicia.
He pasado frío en agosto en la playa. He pasado frío en agosto en un parque acuático. He usado la toalla como manta en julio. He visto a mi peque tirarse al agua con los labios azules. Y he entrado a un parque acuático con paraguas.
Pero, mira, te voy a ser sincera: echo de menos mis playas. Echo de menos las playas maravillosas de Cuevas y Terreros en agosto, las calas que conozco desde que tengo uso de razón, el sonido de los grillos mientras te tomas un helado, esa luz que solo se ve en el sur.
Lo que no echo de menos es salir de la ducha y estar ya sudando. No echo de menos ese calor de la muerte que te obliga a no hacer nada entre las dos y las seis. No echo de menos la siesta obligatoria porque tu cuerpo no te deja hacer otra cosa.
En la vida no se puede tener todo, ¿no?
Pero al menos este agosto nos dejó algo maravilloso: un eclipse total. A las ocho y media de la tarde, nada menos. Y la sorpresa, lo mejor de todo, fue que ese día no estaba nublado. En Galicia, en agosto, que eso casi nunca pasa. Pudimos salir al jardín, mirar arriba y verlo al cien por cien. Con la sudadera puesta, claro, porque a esas horas ya refresca, y con cara de no creerme lo que estaba viendo.

Y entonces pasó: cuando el eclipse alcanzó su punto máximo y todo se hizo de noche, vino un aire superfrío. Un frío de repente. Un frío de esos que te erizan la piel y que te hacen abrochar la sudadera hasta arriba. En pleno agosto. Como siempre. Como en Galicia. Como en la vida, vamos. Fue precioso.
En agosto, frío en el rostro, lo flipas. Y así se va agosto. Otro agosto más con sudadera, con paraguas, con toalla de manta. Otro agosto en el que mi peque me enseñó que el frío es solo un detalle si tienes el agua cerca. Otro agosto frío en el rostro. Adiós, agosto. Hasta el año que viene.
¿Quieres leer más sobre una andaluza viviendo en tierras gallegas? Tengo todos los posts de «De Andalucía a Galicia» aquí → y, te aviso, hay alguno con el mismo frío que el que te acabo de contar.
Si quieres saber más sobre mis playas del sur, aquí tienes la la sección de playas de Cuevas del Almanzora en su web oficial y, si te interesa Terreros, esta guía de las playas de San Juan de los Terreros te las pinta tal y como son. Que nadie me diga que no las tengo localizadas.





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