Todavía no se me ha olvidado el día de agosto en el parque acuático, encharcada, a diecisiete grados y con el paraguas abierto. (Lee la historia aquí) Ya me había hecho a la idea de que el verano gallego se había acabado ahí y que lo siguiente era meterse en casa.
Pero aquí el tiempo va a su aire: justo ahora que estamos a las puertas del otoño y que el equinoccio cae esta madrugada mismo, resulta que nos vienen estos días de sol despejado y un calor de lo más agradable.
Sin buscarlo, nos ha quedado una semana estupenda.
A primera hora el frío se nota bien. Sales por la puerta con el café hirviendo en la mano, la chaqueta cerrada hasta arriba y ese aire fino de la mañana que te espabila de golpe. Pero vas pasando la mañana y, para cuando te das cuenta, el sol calienta lo justo para estar en la calle sin buscar sombras ni morirte de calor.
Viendo cómo estamos a las puertas del otoño aquí, me acuerdo siempre de Almería. Allí por estas fechas septiembre sigue apretando como si fuera julio; el asfalto quema y salir a la calle a las tres de la tarde sigue siendo una temeridad. Aquí no. Aquí el sol acompaña pero no pesa.
Lo que más me gusta de estos días es la luz. Nos están tocando unos atardeceres de los que da gusto mirar por la ventana. La luz se vuelve más amarilla, cae más baja y los árboles del jardín se ven de otra manera. Pero aunque apriete el sol a mediodía, el reloj va a lo suyo: a las ocho y media ya es de noche y vuelve a refrescar.
Haber crecido en el sur hace que viva esto de otra manera
Allí estás deseando que llegue el frío para poder respirar y abrir las ventanas; aquí, que nos pillen a las puertas del otoño con estos días despejados se siente casi como un extra que nos da el año antes de que toque sacar las botas de agua y los paraguas de verdad.
No se puede pedir todo, pero poder pasear con este fresquito por la mañana y este sol por la tarde es una maravilla.
¿Cómo os está tratando el tiempo por vuestra zona? ¿Seguís estirando los paseos de tarde o ya habéis sacado el edredón?





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