Hoy entro oficialmente en la década de los 40 y, aunque a veces escucho eso de que cumplir años es ir restando tiempo al futuro, no puedo estar más en desacuerdo. Mientras me preparaba para este día, pensaba en lo equivocada que está esa visión de que los años «se nos van». Mis 40 años no son algo que ya no tengo; son, precisamente, lo que tengo en el haber. Son mi patrimonio, mi colección de historias, el mapa de todas las personas que se han cruzado en mi camino y el inventario de todo lo aprendido. Cumplir años no es un descuento, es una conquista.
Me siento profundamente afortunada de llegar aquí con la mochila tan llena. Hace apenas unos días tuvimos la suerte de celebrarlo por adelantado, aprovechando la Navidad para volver a las raíces. Recorrimos más de mil kilómetros para poder abrazar a la familia y a los amigos, y ese trayecto fue el preludio perfecto para este cambio de etapa. No importó la distancia porque el destino era el reencuentro. Quiero dar las gracias de corazón a todos los que compartisteis ese momento conmigo; vuestra presencia es el mejor recordatorio de que los vínculos verdaderos no saben de mapas. Pero, sobre todo, este viaje tiene un nombre propio. Nada de esto habría sido posible sin mi marido, que no solo organizó cada detalle para que yo fuera feliz, sino que se puso al volante durante cada kilómetro de esa larga carretera para llevarme de vuelta a los míos. Gracias por ser mi motor y por caminar a mi lado en cada aventura, por lejos que esté el destino.
A veces nos asusta la idea de hacernos viejos, pero envejecer es el privilegio de los que estamos aquí, de los que estamos vivos. Cada marca en la piel es el testimonio de una risa compartida o de una batalla superada. Estar hoy aquí, sintiéndome tan querida y pudiendo disfrutar de las personas que amo, es el único éxito que realmente cuenta. Por eso, hoy no soplo las velas para despedir el pasado, sino para celebrar el presente. Me planto en los 40 con la serenidad de quien ya no busca demostrar nada y solo quiere disfrutarlo todo. Porque la vida no se mide en años, se mide en momentos como estos, y yo me siento, más que nunca, inmensamente viva.


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