Hace exactamente un año, compartí con vosotros un sentimiento que sé que muchos compartís: ese «día más triste» cuando se apagan las luces y la Navidad vuelve a las cajas. Hablaba del vacío que deja el árbol al retirarse, de cómo el salón parece de repente más grande, más silencioso y, sinceramente, más gris.
Este enero, me desperté preparándome para esa misma punzada de melancolía. Me armé de valor, saqué las cajas de almacenamiento y respiré hondo, lista para el ritual de «desmontar la magia».
Pero este año, la historia tuvo un guion diferente.
Un pequeño ayudante, hizo una gran diferencia
Mientras empezaba a descolgar las primeras bolas, noté que no estaba sola en la misión. Mi hijo de 3 años, que está en esa edad en la que todo es descubrimiento y todo es «yo puedo», se acercó decidido a participar.
Lo que el año pasado fue una tarea solitaria y silenciosa, este año se convirtió en un juego, en un momento compartido. Ver sus manitas intentando guardar los adornos con cuidado (o con su propia versión del cuidado), escuchándole despedirse de las figuras o simplemente estando ahí, con esa energía que solo tienen los niños a esa edad, lo cambió todo.
Suavizando el final de la fiesta
No voy a mentir, ver la casa volver a su estado «normal» siempre tiene un punto de nostalgia. Pero tenerle a él ayudándome actuó como un bálsamo. Su inocencia y sus ganas de colaborar suavizaron el golpe de realidad.
Me hizo darme cuenta de algo importante: la decoración se guarda, pero la magia no.
El año pasado, al escribir aquel artículo, sentía que guardaba la felicidad en esas cajas de cartón hasta el próximo diciembre(o noviembre). Este año, al ver a mi hijo corretear entre guirnaldas a medio recoger, entendí que la verdadera luz de la casa no venía del árbol, sino de él.
Así que se transformó en un «hasta luego» más dulce
Así que sí, la Navidad se ha acabado. El salón vuelve a estar despejado y la rutina asoma por la puerta. Pero gracias a mi pequeño ayudante, el proceso no fue una despedida triste, sino una tarde más construyendo recuerdos juntos.
Quizás el secreto para superar el «día más triste» no sea evitarlo, sino encontrar la compañía adecuada para transitarlo. Y yo, sin duda, tengo la mejor.
¡Hasta el año que viene, Navidad! Nosotros seguiremos aquí, creando nuestra propia magia diaria.


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